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sábado, 21 de marzo de 2020

Dobles Programas Bizarros (VIII): THE RUNAWAYS de Floria Sigismondi + CATS de Tom Hooper


Título: The Runaways
Director: Flora Sigismondi
Año: 2010
Guión: Flora Sigismondi
Intérpretes: Dakota Fanning (Cherie Currie), Kristen Stewart (Joan Jett), Michael Shannon (Kim Fowley), Stella Maeve (Sandy West), Scout Taylor-Compton (Lita Ford), Riley Keough (Marie Currie)

¿Recordáis cuando el estreno de un biopic sobre un grupo de rock era un acontecimiento al que prestar atención y no algo a punto de convertirse en una rutina anual?
Han tenido que pasar años para que peña de la talla de Elton John o Queen a la que todo dios conoce tengan su propio biopic, pero desde que a algún iluminado se le ocurrió trasladar la vida de una afamada estrella del rock a la gran pantalla (que ignoro quien sería y no tengo ganas de buscarlo) hasta el día de hoy hemos tenido de todo pululando en cines con mayor o menor revuelo, desde el biopic de The Doors de Oliver Stone hasta la interpretación de la vida de Johnny Cash que protagonizó Joaquin Phoenix en En la cuerda floja, pasando por, por ejemplo, Sid y Nancy, centrada en la turbia vida del cantante de los Sex Pistols. Muchas de estos productos ni los he visto ni tengo prisa por hacerlo, pero en mi afán por indagar en cosillas que el público pasó por alto, si que saqué unos minutos para tragarme la película que le dedicaron en su momento a las Runaways.
Yo no he tenido contacto con este grupo más allá de los temazos que cualquiera puede llegar a escuchar en algún momento de su vida pero si que tenía el concepto de que, dentro del rock y el punk, fueron todo un pilar fundamental para todo grupo femenino que surgiera en los 80 así como de la categoría de diosas del género de la que gozan tanto Joan Jett como Cherie Currie, las que fueran cantante y guitarrista del grupo respectivamente.
El biopic toma como referencia las memorias de esta última para construir que nos narra la breve vida del grupo desde sus inicios hasta su disolución, centrándose fundamentalmente en el trasfondo y las relaciones interpersonales de sus figuras centrales, Jett y Currie.
Sobre el grupo se ha dicho de todo con el paso de los años, desde que eran una especie de mini comuna lésbica que estaban liadas todas con todas hasta que esta afirmación fue poco menos que un montaje para atraer controversia y atención sobre la banda. La peli abraza sin complejos la corriente de que entre Jett y Currie hubo más que palabras. Si tenemos en cuenta que la peli cuenta con la bendición y apoyo de ambas músicas y que ninguna confirma ni desmiente nada de esto, digo yo que habrá que creerselo, ¿no? 
El proyecto fue, desde un principio, idea de la que acabaría siendo su directora Flora Sigismondi, la cual también se encargó del guión de la peli y de buscar financiación, logrando convencer tanto a Joan Jett como a su manager de por aquel entonces para que inyectaran algo de pasta al presupuesto. Sigismondi tenía una larga carrera como directora de videoclips musicales pero este fue su debut cinematográfico, lo que quizá explique las virtudes y defectos del mismo.
The Runaways logra su cometido a la hora de reconstruir la época en la que el grupo estuvo de gira petándolo a más no poder, logra componer unas escenas de directos verdaderamente estimulantes y, a grandes rasgos, transmitirte el buen rollo y la fuerza de la música que estas muchachas hacían. Por otro lado, fracasa estrepitosamente al adaptar la historia del grupo a un ritmo cinematográfico. Para cuando hemos alcanzado el nudo de la trama, esta empieza a avanzar a trompicones. Pasamos de ver al grupo prácticamente aprendiendo a desenvolverse encima de un escenario a comprobar como Currie y Jett compartían rayas de cocaína. No existe una curva bien definida en el guión y eso que básicamente conseguir el tópico y hacer un calco de cualquier otra peli sobre rockstars (parece mentira, pero es que todas siguen el mismo modelo de auge, caída en desgracia y remontada) lo tenía hecho. Vamos, que la peli destaca en todo lo musical y cojea en todo lo cinematográfico.
Y si esta se aguanta es porque sus dos protagonistas, para mi sorpresa, están las dos estupendas en sus respectivos roles. Kristen Stewart, esa actriz que en la mayoría de sus interpretaciones parece estar bajo los efectos del Diazepam, encuentra en Joan Jett un personaje que le sienta como anillo al dedo y en el que resulta verdaderamente creíble (algo increíble teniendo en cuenta que en esa misma época estaba demostrando en la saga Crepúsculo la cota máxima de inutilidad a la que era capaz de llegar). De la misma forma Dakota Fanning, jovencita con practicamente los mismos años de carrera que Stewart a sus espaldas y a la que no he seguido nunca la pista con atención, resulta igualmente convincente en la peli tanto como chica rural a cargo de un padre como subida al escenario vestida con un corsé en plan trabajadora de la noche cantando Cherry Bomb
La acompañan en el casting un par de chavalitas que no han tenido tanta suerte como ellas con sus carreras cinematográficas, el siempre funcional Michael Shannon justo antes de que Boardwalk Empire practicamente le encasillara en papeles de tío chungo y, en roles más secundarios, la veterana Tatum O'Neal y la actual musa del cine indie Riley Keough, que debutaba en el mundo del cine con esta película.
The Runaways fue un proyecto pequeñito y humilde con el que sus productores tampoco se jugaban demasiado, y menos mal, porque fue un absoluto fracaso en taquilla, recaudando 4,6 millones de dolares en todo el mundo partiendo de un presupuesto de 10. En nuestro país la película sentó a poco más de 12.000 espectadores en las butacas, o lo que es lo mismo, prácticamente a nadie. Para más inri, la única edición de la peli que se editó en formato físico aquí murió junto a la distribuidora Aurum y se encuentra actualmente descatalogadísima y sin perspectiva alguna de que vaya a reeditarse.
Y así, al final, la película se revela como un proyecto fallido que, aunque contó con el beneplácito de la crítica en su momento, pasó sin pena ni gloria y ha quedado completamente en el olvido. Gracias a Dios las carreras de Stewart y Fanning estaban ya bien encaminadas en aquellos años y el fracaso que fue The Runaways no pudo enterrarlas, cosa que no se puede decir de Flora Sigismondi, que tuvo que volver al mundo del videoclip y la TV, donde ha pasado la última década hasta que, el año pasado, consiguió recibir el encargo de una nueva adaptación de la novela Otra vuelta de tuerca de Henry James que, si Dios quiere, veremos estrenada por estos lares este año.
Personalmente opino que la falta de épica y ritmo (algo que si han conseguido lograr los biopics musicales que estamos viendo en cines en los últimos tiempos) es lo que condena a la peli a formar parte de la pila de las cintas poco memorables y mediocres, la cual crece a cada día en tamaño inevitablemente. Bien, pero sin más.




Título: Cats
Director: Tom Hooper
Año: 2019
Guión: Lee Hall y Tom Hooper
Intérpretes: Francesca Hayward (Victoria, la gata blanca), Judi Dench (Old Deuteronomy), Idris Elba (Macavity), Jason Derulo (The Rum Tum Tugger), Jennifer Hudson (Grizabella), James Corden (Bustopher Jones), Rebel Wilson (Jennyanydots), Ian McKellen (Gus, el gato del teatro), Taylor Swift (Bombalurina), Laurie Davidson (Mr. Mistoffeles), Robbie Fairchild (Munkustrap)

Si partimos del hecho de que Cats es uno de esos musicales de Broadway que siempre me han dado puñetero asco, el camino que la adaptación en plan superproducción que se estrenó el año pasado debía seguir para que me entrara bien era complicado. Inevitablemente he caído en la tentación de tragármela porque era incapaz de creer que lo que se decía de la peli fuera cierto del todo. Se comentaba de todo y nada bueno, que si era una atrocidad, la peor película del pasado año, incluso una de las peores de la historia. Son comentarios que le llegan a uno y le hacen babear de la expectación.
Vista de un tirón y de madrugada, que siempre cuesta más, he de decir que ver Cats no hará daño a nadie pero que entiendo perfectamente el rechazo exacerbado que genera en el público.
Antes de nada, demos un pequeño repaso a la pedante premisa del musical que Andrew Lloyd Webber compuso por los años 70 tomando como base una colección de poemas que el célebre T.S. Eliot le dedicó a los simpáticos felinos. La trama de la obra gira en torno a una festividad anual, el baile Jelical (notese mi torpe intento de traducción), en la que los gatos Jélicos se reúnen para esperar a su patriarca, Old Deuteronomy, que escogerá a uno de ellos para que trascienda al más allá y se reencarne en una nueva vida gatuna. De la mano de Victoria, la gata blanca, una recien llegada al grupo conoceremos a todos los candidatos a la esperada elección y también a la terrible amenaza que es el maligno gato Macavity, que espera hacerse con el premio valiéndose de  malas artes.
Dejando de lado las opiniones que las composiciones de Lloyd Webber me generan y centrándome en la traslación de estas a la gran pantalla, lo primero que a uno le llama la atención es por que, pudiendo elegir entre maquillar a los actores y meterles en disfraces gatunos o generar a todas las criaturas por ordenador, eligieron la opción intermedia que, vista a posteriori, puede ser fácilmente la peor de todas las posibles. 
Los gatos de la película ponen a prueba el concepto del uncanny valley como pocas cosas lo han hecho antes en el cine. El cuerpo de los animales es generado por ordenador mediante captura de movimiento sobre el que el rostro de los actores y actrices es superpuesto después también mediante CGI. El resultado es atroz, no sólo porque el efecto canta una barbaridad cuando los gatos empiezan a hacer movimientos ajenos a los humanos, como trepar por las paredes, sino porque en más de una ocasión el efecto parece no estar del todo conseguido, dando la sensación de que la boca y ojos de los actores está flotando por encima de su cara, algo idóneo para transmitir mal rollo en lugar de ternura. Hay actores en los que los efectos no resultan tan horrendos, como Ian McKellen o Judi Dench, que de tan viejos que están y tantas arrugas que tienen parecen ya muñecos de por si; y otros en lo que lo nefasto de estos está especialmente acentuados, como es el caso de Jennifer Hudson, que juro por Dios que no parece tener en ningún momento sus facciones donde deberían estar, o Idris Elba, al que por alguna razón han decidido generarle menos pelo infográfico que al resto de felinos, con la desagradable consecuencia que es que parezca que el actor está completamente desnudo en escena y a punto de mostrarnos un pene penduleando en el peor momento posible. Para más inri, cuando uno investiga un poco enseguida descubre que, tras los primeros pases de prueba, la peli entera tuvo que pasar por post-producción de nuevo para arreglar los efectos especiales que, según se dice, eran aún más horribles que los que se vieron en el resultado final. Esta tarea se tuvo que hacer a toda pastilla para lograr cumplir con las fechas del calendario previstas, hasta el punto de que, literalmente, se estuvo rehaciendo efectos en CGI hasta el día antes de mandar las copias a los cines. Como perla final al tema, se comenta por las redes sociales, con aparentes pruebas gráficas, que en la versión que se vio en cines había más de un "Glitch" en las infografías, apareciendo gatos con manos humanas con anillos y todo en la gran pantalla. De traca.
Lo peor es que tanto efecto chapucero oculta las interpretaciones del reparto bajo capas y capas de estorbos. Vale que está metida en esto gente como Rebel Wilson, que lleva haciendo el mismo personaje en la gran pantalla desde que la conozco, o una neófita, la bailarina Francesca Hayward, que hace sus coreografías de puta madre aunque lo suyo no sea actuar, pero es que peña como el mencionado Idris Elba o Ray Winstone que ya solo con aparecer en pantalla molan por si solos ven aquí sus capacidades tiradas por el cubo de la basura a causa del espantoso envoltorio que las rodean. Al final resulta que son Jason Derulo o Taylor Swift, dos estrellas de la música con mil y un bolos a sus espaldas, los únicos que no desentonan entre tanto exceso y parecen desenvolverse estupendamente entre música y bailarines.
La cosa es que la mítica productora Amblin iba totalmente en serio con hacer Cats a lo grande. No sólo eso, sino que llevaba años detrás de ello y barajando todo tipo de propuestas para ello. El contar con el nombre de Tom Hooper, director del que posiblemente sea uno de los más exitosos musicales cinematográficos modernos , Los Miserables (que, por cierto, abandona todas las atrevidas decisiones de las que hizo despliegue en dicha cinta para cascarse un trabajo super rutinario), y también con el del propio Lloyd Webber, que se saca una nueva canción de la manga para la ocasión (una pedazo de bosta maloliente dicho sea de paso), por no mencionar el reparto de campanillas al que hemos pegado un repaso en las anteriores líneas, habla por sí sólo de las ambiciones que tenía puestas la productora en el tema. Querían hacer otro gran musical moderno. Querían comerse el mundo y se comieron un mojón.
Entre producción y marketing se calcula que la peli habrá venido a costar unos 200-250 millones de dólares. En taquillas de todo el mundo ha llegado a duras penas a recaudar 76 y, concretamente, en nuestro país, ha sentado a poco más de 100.000 espectadores en las butacas, lo que para una superproducción como esta, estrenada además en fechas navideñas, es una mierda pinchada en un palo. La crítica ha destrozado la película tachándola de basura y de ser un film que expulsa al espectador con sus nefastas decisiones estéticas. El clavo final lo han puesto los últimos Razzies (que son una patraña pero no se puede negar que influyen en el público estándar) que la han premiado en seis de las siete categorías en las que estaba nominada.
Cats va a pasar a la historia como uno de los grandes batacazos de los tiempos recientes y lo penoso es que ni siquiera tiene tantos méritos en contra como para que pueda llegar a ser considerada en un futuro como un clásico de la caspa. Quedará enterrada en el olvido esperando a que alguien la reivindique dentro de unos años. Al menos podemos alegrarnos de que la mayoría del reparto tiene las carreras más que asentadas, porque esta es la típica película que condena el futuro laboral de sus participantes al ostracismo (algo que digo yo que le pasará a la debutante Francesca Hayward, que espero que no pensara en seguir medrando en esto del cine).
Como contraposición final mencionar que, a fecha de hoy, Cats es el cuarto musical con más representaciones de la historia de Broadway, lo que demuestra una vez más que hay cosas que es mejor dejar quietas en su sitio y no tocarlas si no se tienen las cosas claritas.
Todo lo que se ha dicho de la peli esta más que fundamentado visto lo visto. Yo he dicho que a mi, personalmente, no me ha hecho ningún daño. Ahora, no puedo asegurar que no se lo haga a usted.



domingo, 5 de enero de 2020

TOLKIEN de Dome Karukoski



Título: Tolkien
Director: Dome Karukoski
Año: 2019
Guión: David Gleeson y Stephen Beresford
Intérpretes: Nicholas Hoult (J.R.R. Tolkien), Lily Collins (Edith Bratt), Colm Meaney (Padre Francis Morgan), Derek Jacobi (Profesor Joseph Wright), Anthony Boyle (Geoffrey Smith), Patrick Gibson (Robert Gilson), Tom Glynn-Carney (Christopher Wiseman)

¿Son todas las biografías de personajes históricos relevantes dignas de ser adaptadas al cine? Eso es algo que me he preguntado más de una vez más al enfrentarme a un biopic (género cinematográfico que raro es que no funcione) junto a esa otra gran cuestión que es ¿en que momento la fidelidad histórica comienza a ser un estorbo de cara a la película? No se me ocurra mejor caso que ejemplifique el momento en que ambas preguntas se contestan solas que Elizabeth, ese biopic sobre el auge de Isabel I de Inglaterra tan alabado por historiadores por su certeza histórica y tan denostado por mi persona por el tremendo coñazo que era aun teniendo todo, desde un envidiable reparto hasta un diseño de producción excelente, de su lado. Una adaptación extremadamente fiel sobre una figura vital para la historia mundial, y aun así la película que dio base a mi teoría de que la historia británica posterior al descubrimiento de América es aburrida y tiende a regalarnos sopores cinematográficos. 
Por otro lado tenemos los biopics sobre figuras literarias, más comunes de lo que la mayoría piensa pero fácilmente olvidables (me viene a la mente de primeras Descubriendo Nunca Jamás, el biopic en torno a James Barrie, el creador de Peter Pan; Las Horas, que hacía lo suyo con Virginia Woolf y, por supuesto, Shakespeare in Love, aunque este último tenía más de ficción que de realidad de por medio). Y lo cierto es que la vida de un escritor puede ser fácilmente un coñazo de historia a no ser que se trate borrachos como Bukowski o de degenerados como Oscar Wilde o el Marqués de Sade. 
Y así llegamos a J.R.R. Tolkien, un señor endiosado por todo amante de la literatura fantástica como uno de los grandes patraircas del género pero un hombre del que no he oído a nadie decir que tuviera una vida apasionante, y aun así, suficientemente relevante como para merecer una película. Y sintetizando, Tolkien es, al parecer, una adaptación con muchas libertades y, eso lo puedo asegurar, un aburrimiento considerable. Pero vayamos por partes.
La peli nos narra los acontecimientos más importantes de la vida del escritor desde su infancia hasta que se sentó a escribir El Hobbit, pasando por su época universitaria, su participación en la Primera Guerra Mundial y su romance, prácticamente de cuento, con la que luego sería su esposa. 
Conversaciones sobre filología y literatura, una guerra en la que el protagonista no pega un solo tiro y una reflexión sobre la persecución de las aspiraciones artísticas por encima de todo es lo que nos ofrece una peli que, por otro lado, sería interesante visualmente si no fuera porque todos los diseños que ofrece están mangados de adaptaciones anteriores de los trabajos de Tolkien. Por cierto, una obra en la que los guiños al lector de El Señor de los Anillos son muy poco sutiles: el cura que mantiene a los niños Tolkien de pequeños llega en carreta y fumando en pipa como lo hace Gandalf a la Comarca; el grupito de colegas universitarios del escritor son cuatro como cuatro eran los hobbits de la novela e incluso tenemos un soldado acompañando a Tolkien por las trincheras como si fuera poco menos que su escudero que se hace llamar Sam.
La traslación de la vida de Tolkien al cine intenta constantemente vender como apasionantes hechos completamente mundanos, no ofreciendo nada realmente original que motive al espectador y que, por lo que parece, se debe pasar por el forro la realidad de la vida del escritor, hasta el punto que la familia Tolkien ha renegado completamente del film desde un principio. Y eso que el diseño de producción y el trabajo tras las cámaras no es malo, es sólo que el proyecto en sí es una idea fallida desde su misma concepción  que, seguramente, los productores confiaban que se vendería sólo con el nombre de su protagonista. Una pena, porque está claro que esta es también una película con la que su director, Dome Karukoski (reputadísimo cineasta en su país natal, Finlandia), pensaba abrirse las puertas de Hollywood después de que su obra anterior, Tom of Finland (otro biopic, esta vez sobre la vida de un pintor homosexual finés de mediados del siglo XX), lograra cierta repercusión entre el publico americano. 
Repasemos ahora el casting. Tenemos de protagonista absoluto a Nicholas Hoult, la Bestia de las últimas películas de la saga X-Men que parece contagiado del aburrimiento que era la vida de Tolkien ofreciéndonos una interpretación sosa y sin motivación alguna; Lily Collins, la hija de Phil Collins hace gala de unas pobladas cejas a lo Cara Delevigne y una igualmente abundante falta de carisma a pesar de que prácticamente interpreta a ese prototipo ficticio de mujer infatuada que persigue al amado para darle el beso final bajo la lluvia en los dramas románticos; Colm Meaney, secundario irlandés de lujo pone acento y voz a un personaje muy en la línea de lo que suele hacer desde hace unos años en sus apariciones en cine y televisión; y entre todos ellos encontramos a un Derek Jacobi en modo abuelo total encarnando al profesor de Oxford que inspiró a Tolkien para convertirse en lingüista, un papel que le viene como anillo al dedo a un actor de dicción tan teatral como la suya.
Y poco más hay que decir sobre la película. Haría mención a la banda sonora de Thomas Newman si esta tuviera alguna relevancia dentro del conjunto. En cualquier caso, la película costó 20 millones de dólares y recaudó 9 en todo el mundo, consagrándose como un fracaso en toda regla. En nuestras salas sentó a la lamentable cifra de 30.708 espectadores en las salas. Pero es que estaban cantados estos resultados. No hay tantos fans de Tolkien en el mundo que se motiven lo suficiente como para pagar para ver una peli sobre su ídolo en cines. Ya se esperaran al Netflix...si llega en algún momento.
Tolkien es, en esencia, una oportunidad perdida para su director, un biopic fallido sobre su protagonista y un aburrimiento garantizado para casi cualquiera. Una pena, pero tampoco esperaba mucho.


martes, 26 de septiembre de 2017

GACY: EL PAYASO ASESINO de Clive Saunders


Título: Gacy: el payaso asesino (Gacy)
Director: Clive Saunders
Año: 2003
Guión: Clive Saunders
Intérpretes: Mark Holton (John Wayne Gacy), Charlie Weber (Tom Kovacs), Joleen Lutz (Karen Gacy), Edith Jefferson (madre de Gacy), Tom Waldman (Hal), Adam Baldwin (John Gacy Sr.)

El aluvión de Óscars que recibió El Silencio de los Corderos hizo que la industria fuera consciente de una realidad: los psychokillers interesan a la gente, y mucho. Y no me refiero a los Jason Vorhees, Caracueros y Michael Myers de la vida, sino a esos monstruos camuflados de seres humanos que se esconden entre nuestra sociedad desde que el mundo es mundo. Yo personalmente encuentro en este un tema fascinante desde la perspectiva de intentar entender como es posible que la mente de una persona pueda torcerse de formas tan grotescas como las que se han podido ver en nuestro pasado (no en vano intento hacerme con todo lo que se haya escrito con un mínimo de criterio sobre este). Dicho esto, cualquiera que se haya metido aunque sea un poco en el tema de los psychokillers se habrá dado cuenta de que tanto los personajes de Hannibal Lecter como de Buffalo Bill no son sino un compendio de las personalidades de varios asesinos en serie de la vida real. Y teniendo las vidas y obras de estos a disposición de cualquiera, ¿para que intentar inventarse algo nuevo? Precedentes a este "subgénero", si se puede llamar así, del cine de terror/ thriller  hay unos cuantos, desde M, el vampiro de Dusseldorf de Fritz Lang hasta Henry: retrato de un asesino, pasando por El estrangulador de Boston de Richard Fleischer. Pero sin duda, los 90 y, sobre todo, la primera década de los 2000 fueron campo abonado para productos de este tipo. Así, tras El Silencio de los Corderos tuvimos, entre otras, Ed Gein (2000); Ted Bundy (2002); Dahmer, el carnicero de Milwaukee (2002); la oscarizada Monster (2003); los dos biopics realizados sobre Andrej "Chikatilo" Romanevich, Ciudadano X (1995, muy buena , por cierto) y Evilenko (2003) y así hasta productos tan recientes como el Zodiac de David Fincher (2007), Caza al asesino (2013) con Nicolas Cage o el biopic del asesino de Green River que está preparando Michael Sheen en estos momentos. Y entro todas estas, y creada directamente para el mercado del video doméstico, tenemos Gacy: el payaso asesino.

Lo que parece en un principio que va a ser un biopic completo de la vida de Gacy se transforma a los pocos minutos en otra cosa, una especie de vistazo a la trastienda de la vida de este que se asemeja más a una película "artie" que a un biopic, un producto de terror o a un thriller psicológico. Así vemos a Gacy trabajando, yendo de cruising, vemos su tormentosa vida familiar, su bipolaridad de cara a sus convecinos y compañeros y, finalmente (aunque la película ignora casi la totalidad de todo aspecto criminal de Gacy y de la investigación policial que llevó a su captura), algunos de los asesinatos que este cometió. La consecuencia de esto es que la película es un soberano coñazo capaz de aburrir a cualquiera a pesar de durar apenas 90 minutos.

Todo ello se redondea con un infame plantel de actores en el que la interpretación de Gacy efectuada por Mark Holton (Chubby en Teen Wolf y el gordo retrasado de Leprechaun)  y el cameo de Adam Baldwin interpretando al padre de este son lo único que se salva por los pelos de la quema. 
El director de la cinta es un tal Clive Saunders, que tiene en Gacy su único largometraje y contribución al audiovisual más allá de unos cuantos cortometrajes que promociona en su página web personal. El proyecto corrió, además, a cargo de la productora Peninsula Films, la cual había producido el año anterior Dahmer, el carnicero de Milwaukee (la cual sí se estrenó en cines en USA), y que tras Gacy no volvería a probar suerte en el terreno de los psychokillers, manteniéndose activa apenas tres años más tras la realización de la misma.

A España la película llegó directamente en DVD de la mano de Manga Films y fue una de tantas de estas películas que ya he mencionado antes (Ted Bundy, Ed Gein, Dahmer, etc) que vi en su momento en la sección de terror del videoclub y nunca alquilé, entre otras cosas porque tendría unos 10 añitos y mis padres no me iban a dejarlas ver ni de puta broma. Años después y gracias al poder del eMule las tengo todas a mi disposición y, sospecho, que la experiencia de verlas todas va a ser aún más decepcionante que lo que ha resultado ser el visionado de Gacy.

En cuanto al personaje real que inspiró el largometraje, nunca sabremos hasta que punto llegó a ser una inspiración para el It de Stephen King y tantos productos con payasos asesinos que vieron la luz tras la captura y encarcelamiento del asesino. Lo que sí conocemos son las otras películas posteriores a Gacy que encontraron su inspiración en el personaje, como pueden ser Dear Mr. Gacy (con William Forsythe interpretando al payaso asesino), 8213: Gacy House (un found-footage producido por la infame compañía The Asylum en la que un grupo de documentalistas se encuentran con los espíritus de Gacy y sus víctimas al colarse por la noche en la casa de este) y, lo más infecto, Dahmer vs Gacy una cinta amateur en la que un grupo de científicos resucitan a Jeffrey Dahmer y a John Wayne Gacy para intentar crear, juntando el ADN de ambos, al psychokiller definitivo. Tremendo. Y seguro que en años venideros, el personaje dará mucho más de sí. Atentos a mis palabras.


domingo, 18 de septiembre de 2016

CIUDADANO X de Chris Gerolmo


Título: Ciudadano X (Citizen X)
Director: Chris Gerolmo
Año: 1995
Guión: Chris Gerolmo
Intérpretes: Stephen Rea (Viktor Bukarov), Donald Sutherland (Mikahil Fetisov), Jeffrey DeMunn (Andrei Chikatilo), Joss Ackland (Bondarchuk), Max Von Sydow (Alexandr Bukhanovsky), Imelda Staunton (Sra. Bukarov)

Los psychokillers me han parecido personajes tremendamente interesantes. Personas que ejercen sobre el que lee sobre sus vidas y obras una sensación a caballo entre el odio, el asco y la curiosidad morbosa. Particularmente lo que a mi me fascina sobre los psychokillers es el hecho de que estos por lo general no nacen, se hacen cuando en algún momento de su trayectoria vital algún hecho, alguna vivencia o simplemente la mera casualidad retuercen sus mentes hasta el extremo de convertirlos en monstruos capaces de las mayores barbaridades. Los psychokillers de verdad son atrayentes sin duda alguna, y uno puede caer con facilidad y convertirse en un aficionado a este tipo de historias tan truculentas. Yo mismo en el pasado tuve una época donde consumía obsesivamente material relacionado con estos seres humanos, llegando incluso a meterme entre pecho y espalda textos de psicología y criminalística como el cojonudo libro Dentro del Monstruo del ex-criminólogo y experto analista del FBI Robert K. Ressler, dónde este narraba con todo lujo de detalles las entrevistas que tuvo con asesinos de la talla de John Wayne Gacy y Jeffrey Dahmer, así como las conclusiones que extraía a raíz de estas.
Adonde quiero llegar con todo esto es que para el aficionado al mundo de los psychos existen ciertos nombres que resultan tan conocidos como los de Cristobal Colón o el de Charles Darwin. Me estoy refiriendo a personajes como Ted Bundy, Ed Gein, Pedro Alonso López o el que hoy nos atañe, Andrei Romanievich Chikatilo. Este fue un asesino en serie que actuó en la Unión Soviética post-Stalinista actuando particularmente sobre infantes y que entró en la historia al convertirse en el asesino más prolífico de la historia rusa y, con 52 víctimas en su haber, uno de los peores que dio el siglo XX. Con semejante currículum me extraña que tardaran tanto en plasmar su historia en una película, pero he aquí que Ciudadano X vio la luz en el año 1995. Posiblemente impulsada por el repunte que sufrió el interés por los psychokillers "realistas" a raíz del éxito de El Silencio de los Corderos, la película es una coproducción de la HBO y una tal Asylum Films (que nada tiene que ver con la cochambrosa compañía de cine zetoso que todos conocemos) creada para su exhibición en televisiones y cubre en sus casi dos horas la mayoría de la carrera criminal de Chikatilo mostrándola desde el punto de vista de los militares y policías que investigaron el caso y que acabarían capturando al asesino casi doce años después de que este comenzara a matar.
A pesar de tener como epicentro a un personaje de la talla de Chikatilo a la película le falta crudeza, le falta agallas par mostrar algo más de truculencia (salvo un par de escenas donde se ve alguna que otra puñalada de manera verdaderamente visceral la peli es bastante suavecita), pues si algo tiene la trayectoria vital de este psicópata es un trasfondo terrorífico donde las hambrunas, los horrores de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, los abusos sexuales y hasta el canibalismo se dan la mano. Dicho esto, tampoco le habría venido nada mal a la cinta algún flashback que nos mostrara la biografía de Andrei más allá de sus crímenes. Igualmente, la película se vende como un thriller pero tras terminar su visionado uno se da cuenta de que esta presenta una estructura y un ritmo más parecido al de un biopic que al de un thriller, donde se aprovecha la coyuntura para mostrar un retrato de la URSS de los años 80, con su represión, su opresiva burocracia y su ineficaz justicia.
Protagoniza la cinta el bonachón de Stephen Rea que clava el papel de un policía inexperto al que se la asigna un caso demasiado grande para sus zapatos pero que acaba demostrando ser más que capaz para llevarlo a cuestas aunque con alguna que otra consecuencia para su ambiente personal y familiar. Le acompaña Donald Sutherland interpretando a su superior en el escalafón militar y único apoyo dentro del sistema político soviético. La química entre ambos personajes está muy bien conseguida, trazando una evolución desde la fría camaradería militar hasta una férrea y calida amistad forjada en el horror de los crímenes de Chikatilo. 
El susodicho psicópata es interpretado por un Jeffrey DeMunn bastante controlado para lo que podía haber perpetrado (y bastante bien caracterizado si tenemos en cuenta que en la vida real Chikatilo era físicamente una especie de Alfredo Duro puesto de cocaína). Completan el plantel las breves participaciones de Imelda Staunton, Joss Ackland y el siempre simpático Max Von Sydow que aquí es doblado por el hombre que ponía la voz en español a los documentales de David Attenborough, lo cual resulta hasta gracioso cuando uno oye esa voz recitando las atrocidades cometidas por el asesino.
Tras las cámaras encontramos a un tal Chris Gerolmo, cuyo trabajo más meritorio fue el guión de Arde Mississippi. Se nota cierto empeño de este señor de intentar realizar un buen trabajo, pero a pesar de ello la dirección no resulta menos telefilmesca de lo que uno esperaría encontrar.
La cinta fue muy bien recibida en su momento y llegó a hacerse con un Globo de Oro (mejor actor secundario en una producción televisiva para Donald Sutherland) y tres premios gordos en el Festival de Sitges de aquel año (Mejor actor para Stephen Rea, Mejor actor secundario para Sutherland y Mejor película). Personalmente no es un producto tan grande como para merecer tantas alabanzas pero si que es un digno entretenimiento y una buena oportunidad para despertar la curiosidad en el espectador profano en el tema de los psychokillers. Merece un visionado.


lunes, 8 de agosto de 2016

WILD BILL de Walter Hill


Título: Wild Bill
Director: Walter Hill
Año: 1995
Guión: Walter Hill
Intérpretes: Jeff Bridges ("Wild Bill" Hicock), Ellen Barkin ( Calamity Jane), David Arquette (Jack McCall), John Hurt (Charley Prince)

De la carrera como director de Walter Hill se puede decir que esta ha sido francamente voluble. De director de cintas icónicas a finales de los 70 y principios de los 80 como Forajidos de Leyenda o The Warriors pasó a tantear con la comedia y la buddy-movie durante el resto de la década ochentera con resultados tales como El gran despilfarro, Danko: Calor Rojo o Límite: 48 Horas. Actualmente se puede decir que se encuentra en franca decadencia aunque no parece que vaya a tener problemas económicos a la larga, pues no en vano es uno de los principales productores que ha tenido la saga Alien a lo largo de su historia (así que pasta se seguirá  embolsando sí o sí en el futuro). En cualquier caso entre los 80 y los tiempos actuales transcurrió la fatídica para muchos década de los 90. En estos años, Hill parece querer volver a dar muestras de ese gran cine que lo consagró a principios de su carrera. Y obviamente si eres americano y quieres mostrar lo buen cineasta que eres, una de las mejores opciones que tienes es hacer un western. Así, en 1993 rueda Gerónimo, una leyenda, un biopic del último jefe guerrero de los apaches para el cual con el guión del mítico John Milius y los talentos de figuras como Gene Hackman, Matt Damon o Robert Duvall, encabezados por un Wes Studi (quizá el actor nativo americano más reconocible de toda la industria) en uno de los mejores papeles que ha interpretado. Aún con todo esto la película era bastante soporífera, un mal ejemplo de western y peor negocio, pues supuso todo un fracaso de taquilla, recaudando unos 18 millones de dólares a nivel mundial frente a los 35 que costó. Aún así, el señor Hill no sólo no desistió en el esfuerzo sino que dos años después lo intenta de nuevo con otro biopic, esta vez centrado en los últimos días de vida de "Wild Bill" Hicock.
Este se considera a día de hoy uno de los personajes más relevantes de la mitología del Salvaje Oeste y fuente de inspiración para multitudes. Combatiente en la guerra, Marshall en Texas, comerciante de pieles y estrella del espectáculo, Wild Bill pasó sus últimos momentos em el campamento de Deadwood en Dakota del Sur durante la Fiebre del Oro que tuvo lugar en aquel territorio durante el siglo XIX. A pesar de ser prácticamente un vagabundo sin hogar que se dedicaba a beber y jugar al poker en los bares de Deadwood, Hicock es un ejemplo del carácter al cual podía aspirar un americano en aquellos tiempos en los que si uno tenía ingenio y destreza y, sobre todo, un buen revólver a mano podía aspirar a todo tipo de oportunidades si sabía buscarlas y aprovecharlas.
Walter Hill nos presenta este retrato y se ventila los primeros registros históricos que se tienen de las actividades de Wild Bill en quince minutos para pasar directamente a su período en Deadwood. El resto de ocasiones en las que volverá a repasar momentos anteriores de la vida de Hicock lo hará en forma de flahsbacks y secuencias oníricas para las cuales Hill experimenta utilizando una textura de fotografía crudísima que recuerda más a la del formato de 16 mm o incluso el del Super 8 y que bebe de la fotografía propia de las películas de cine mudo.
Aún con todo, la versión que se nos presenta de la biografía de Hicock está bastante ficcionada en favor de mantener un ritmo cinematográfico en condiciones. Los historiadores parecen estar de acuerdo en su mayoría en que Hicock y Calamity Jane nunca tuvieron una relación romántica sino que esta última utilizó esto como excusa para ganar notoriedad a costa de la muerte de la celebridad. Igualmente, toda la trama de venganza que hay detrás del asesinato del mismo a manos de Jack McCall parece ser una invención y la motivación de este para cometer el homicidio se habría fundamentado en una supuesta falta a su honor que Hicock cometió durante una partida de póker pocos días antes de su muerte.
Invenciones aparte, la película se mueve transcurre con un ritmo sereno pero sin llegar a ser aburrida como su predecesora, la ya mencionada Gerónimo. Encarnando a la leyenda del Oeste Americano tenemos a un Jeff Bridges que se pasa todo el film atusándose el bigote y colocándose el sombrero en actitud chulesca. Tiene la presencia y tiene el físico apropiado para componer un Wild Bill más que convincente y lo hace con bastante solvencia. Lo acompañan una Ellen Barkin encarnando a Calamity Jane (que al parecer no estaba tan de buen ver ni era tan educada como nos la muestra el film) y un David Arquette más asqueroso que nunca interpretando al asesino de Hicock, el infame Jack McCall. El resto del reparto lo componen cameos estelares tales como el de John Hurt, un habitual en la filmografía de Walter Hill, Keith Carradine, en la piel de otra leyenda del Oeste, Buffallo Bill (y que, curiosamente, interpretaría al propio Hicock años más tarde en la primera temporada de la serie de la HBO Deadwood), Diane Lane, Bruce Dern, James Remar y una jovencita Christina Applegate (la hija cerdilla de la serie de Tv Matrimonio con Hijos).
A pesar del esfuerzo, la cinta fue un batacazo todavía mayor que el anterior western de Walter Hill. El público no respondió a la propuesta como se esperaba y, partiendo de un presupuesto de unos 30 millones de dólares, recaudó apenas 2 millones. A partir de aquí todo fue cuesta abajo en la carrera de Walter Hill.
Aun así, y aunque siga sin ser un buen ejemplo de westerm, Wild Bill es una película mejor y mucho más disfrutable que la mentada Gerónimo, el otro western noventero de Hill, y que bien merece un visionado.